Es una sensación horrible el no poder expresar con claridad un sentimiento o una idea. Sentir que es imposible que nos entiendan porque no encontramos la palabra justa que represente un concepto es una experiencia angustiante.
Así es como me sentí hace dos días en el restaurante, discutiendo sobre las cualidades de nuestro cocinero.
Cuando decidimos abrir este comedor sabíamos que debería ser un lugar diferente y pensamos automáticamente en comida no convencional como distintivo. Y entonces apareció Toni, un chef con revolucionarias ideas sobre los métodos de cocción y reaccionarias combinaciones de ingredientes como recetas.
Al principio dudamos de contratarlo. Joselo se oponía fervorosamente a hacerlo, ya que se autocalificaba como un mozo de profesión y no iba a andar llevando experimentos de mesa en mesa. Finalmente acordamos que íbamos a contratarlo y la experiencia resultó todo un éxito.
Esto ocurrió hace ya un buen tiempo y todo siguió bien hasta hace unos días, pero sucedió algo que nos tiene a todos preocupados.
Toni, luego de la frustración que le produjo haber errado las proporciones en dos o tres recetas y el temor de que lo encontraran para fajarlo los parientes de los dos comensales que –en estado de shock- tuvimos que mantener escondidos en la despensa hasta se le pasaran los síntomas más fuertes, cambió repentinamente su forma de cocinar.
Todo se volvió más vacío en Polenta desde ese instante.
Ese es el origen de la discusión que les comentaba al principio de esta nota y que me produjo una angustia al no poder expresar una definición que me fue esquiva.
Yo quería decir que Toni estaba cocinando distinto, y que no me gustaba.
Alguien me dijo que ahora estaba cocinando mejor, que no entendían mi punto.
Y es cierto, ahora le pedís una tortilla y Toni te hace una tortilla, no como antes que tenías que hacer firmar al cliente un papel para deslindar responsabilidades porque no sabías con que se iba a venir con el temita este de la cocina de autor (digamos que Toni vendría a ser del estilo “impresionista”).
Pero no es lo mismo. No es que cocine peor, pero no me gustaba más antes.
Me preguntaron si notaba que hubiéramos perdido clientela. Y no, no perdimos a nadie. Es más, recuperamos con éxito los dos hombres de la despensa.
Pero no, tampoco era eso… lo que no me gustaba era que no sentía que Toni fuera Toni, había cambiado, había sufrido una… bueno, no se que había sufrido, pero era evidente.
Obviamente nadie me entendía y yo no sabía como hacerme entender.
Me faltaba una palabra.
Después de setenta y dos horas de desvelo, decidí recurrir a una persona que cada tanto se pega una vueltita por acá para picotear algo: Jorge Mux, que de palabras la sabe lunga.
Le expliqué brevemente la sintomatología del caso y no muchas horas después, luego de una ardua investigación (según sus propias palabras, porque para mi es una verdad insoslayable que agrandó el esfuerzo para poder garronearnos un café con leche), me envío un sobre con la palabra justa que expresaba lo que yo sentía.
Lo que nuestro chef sufría era un caso de posopia (pueden ver en el vínculo la definición exacta, ya que Mux la incluyó en su diccionario alternativo).
Lo que hacía como chef y lo distinguía de todos los otros, ya no estaba, había desaparecido. El concepto de posopia lo explica todo y ahora sí, todos me entendieron y estuvimos de acuerdo.
Pero queda trabajo por hacer: nos propusimos recuperar a Toni y devolverlo a su estado natural.
Porque si bien el cambio no nos condena al fracaso, nos está arrastrando hacia una monotonía insalubre.
Pasen y siéntense. Servilletas al cuello. Vasos Durax y mantel de plástico floreado. No esperen comida chatarra ni tampoco platos elaborados. A cambio, pueden meter la cuchara en la olla tantas veces como quieran. Hoy, polenta con pajaritos.
sábado, 30 de diciembre de 2006
jueves, 28 de diciembre de 2006
Lassie y Rintintín: un poroto
La policía colombiana está en estos momentos en el ojo de un huracán.Uno de sus oficiales fue amenazado de muerte por los jefes narcos de Bogotá, por lo que ahora debe moverse fuertemente protegido por una custodia policial permanente.
El asesinato de este agente sería en venganza de la cantidad de secuestros de droga que gracias a él realizó la policía en el control de aeropuertos, donde se desempeña. Las pérdidas para los narcotraficantes superan holgadamente la media tonelada de estupefacientes.
Un inflitrado en uno de los carteles y escuchas telefónicas realizadas por los efectivos dan cuenta de que se planea el envenenamiento de este policía. Ciertamente no sabemos si éste teme o no por su vida, pero estar amenazado por lo principales capomafia colombianos no debe ser joda.
Lo curioso de todo esto, es que el agente en cuestión es una perra (pueden ver la noticia en su formato original aquí). En la fotografía pueden verla (es la que está entre los dos policías de camisa celeste) saludando a uno de sus camaradas, instantánea tomada por un paparazzi inescrupuloso que puso en riesgo la vida del animal haciendo pública su imagen.
Se trata de Ágata (no sabemos si es su verdadero nombre o un alias a fin de protegerla), una perra detectora de drogas que tiene a mal traer a los narcos. Según sus compañeros de la fuerza, sólo le falta hablar, pues para todo el resto no podría ser más inteligente.
No deja de ser muy gracioso (excepto para la perra) que los peso pesado de Colombia estén tratando de asesinar una perra, por más buen olfato que tenga, y que la policía esté en vilo y poniendo guardaespaldas al cánido. Parece más una película de Jackie Chan o Van Dame que un drama real.
El principal problema es la incidencia que el desenlace de este hecho pueda tener en la relación entre humanos y animales. Me imagino a la guardia de infantería protegiendo a tres halcones de aeropuerto de ser linchados por manifestantes de Green Peace por la matanza indiscriminada de palomas llevada a cabo por las aves.
Por lo pronto, se sabe que a Ágata le daran una nueva identidad hasta tanto encarcelen a todos (pero todos todos) los narcotraficantes de Colombia. Supongo que la disfrazarán de dálmata o algo por el estilo, le cambiarán el nombre por el de Chicha o Batata y recomenzará una nueva vida en alguno de los pueblos colombianos más aislados.
Pero más tarde o más temprano retornarán los problemas y deberá por sus propios medios escapar y reventar a los traficantes que la persiguen, porque vi que pasa en todas las películas y algo de cierto debe haber en eso.
Recetas multipropósito para estos días sandwich
Entre fiesta y fiesta suelen suceder varias cosas.Una de ellas es que se distorsionan los horarios digestivos en forma similar a la alteración del sueño cuando uno viaja, por ejemplo, a Japón (si, claro, esto lo sé porque yo viajé muuuuchas veces a Japón). Son las dos de la tarde y no tenés hambre porque tenés a mitad de camino dos porciones de lechón frío que te zampaste a las nueve de la mañana, a las diez de la noche recién te están entrando ganas de merendar y te tenés que levantar a las cuatro de la mañana porque sentís el estómago vacío.
Entonces no es que uno se dedique particularmente a cocinar, siendo que la heladera ya está llena de pequeñas porciones de comida que fueron quedando de las distintas comilonas.
Sin embargo, el "ser gourmet", no tiene porqué tomarse vacaciones hasta enero.
Veamos como transformar estos residuos gastronómicos en nuevos y deliciosos platillos de la comida chatarra para picotear entre horas.
Sandwich multisectorial primavera
Entre dos capas de pan, alternar una feta de matambre del veinticuatro con dos fetas de vitel thoné, una rodaja de tomate relleno, una lonja del jamón crudo ese que parecía bondiola y volver a repetir. Sólo para sibaritas, untar las caras del pan con ensalada rusa o mayonesa de ave.
Omelette tricolor
Cortar en daditos: un muslito del pollo a la parrila (si es el pedacito ese que quedó porque tiene el costadito lleno de cenizas, mejor), medio chorizo, cebolla escurrida de la ensalada mixta y añadir algunas aceitunitas del antipasto. Colocar en una sartén tres huevos batidos. Cuando empiece a coagular arrojar dentro la picada anterior y dar vuelta, para fundir los ingredientes. Una vez cocido retirar y emplatar. Ya listo, colocar una línea de mayonesa, otra de mostaza y una más de ketchup por arriba, para darle el toque tricolor.
Ensalada muevetripas
Este postre se prepara en vasos de trago largo.
Llenar hasta la mitad con ensalada de frutas. Añadir si es posible una porción de durazno de lata que pueda haber sobrado. Añadir algunas nueces peladas y trituradas. Para finalizar, completar el vaso con chorritos de sidra, anana fizz, clericó, vino blanco y cualquier otra bebida similar que haya quedado en los culos de las distintas botellas abiertas que quedaron en la heladera (evitar las gaseosas y cervezas, porque generan demasiada espuma). Si quedó algo, se puede colocar encima una bocha pequeña de helado de limón que sobró del lemon-champ.
Sushi criollo (región del Litoral)
Despinar y desmenuzar la última porción de boga o sábalo a la parrila que haya quedado. Formar pequeños montículos sobre el plato. Bañar con chimichurri. Añadir al costado dos anchoítas de las que adornaban el vitel thoné. Acompañar con copitos de arroz con atún y arvejas. Servir frío.
martes, 26 de diciembre de 2006
Sueños al desnudo
El Rata, el otro mozo del bar, llegó a trabajar desesperado.No paraba de gritar, tomándose de los cabellos y llorando a moco tendido.
Ante las miradas de espanto y asombro de los comensales, optamos por llevarlo a la cocina. Allí, luego de intentar calmarlo, tuvimos que darle un par de bofetadas y un buen latigazo con un repasador en el muslo para que nos prestara atención y por instinto de conservación se aplacara un poco el ataque de nervios.
Lo que nos contó fue espeluznante.
Dijo que desde hace cinco días tiene un sueño recurrente: está él sentado frente a una canasta de huevos, con los codos sobre la mesa y las manos sosteniéndose la cabeza. Habiendo consultado a uno de los tantísimos curanderos que viven por su barrio su hasta entonces curiosidad se transformó en terror: le vaticinaron una muerte fulminante en un corto tiempo.
Al punto de contar esto, estalló de nuevo en gritos, que intentamos en vano ahogar con vinagre de manzana, que era lo más fuerte que teníamos a mano.
En eso, se asoma a las puertas de la cocina un personaje más bien extraño: flaco, de mirada extraviada y calma (aunque es raro estar calmo cuando uno se extravía), pálido, barba con bigote, rastas hasta la cintura y una remera batik con una leyenda que rezaba "Guerrero del infierno" y dijo con voz ceremoniosa:
-Déjenmelo a mí.
El Rata empezó nuevamente a los alaridos y quiso escapar por el boquete del extractor de aire. Por suerte pudimos retenerlo, mientras Joselo apagaba el extractor instantes antes de que el Rata se cortara exageradamente las uñas. El Rata, tiempo después nos confesó que pensó que este personaje era ni más ni menos que la Parca que venía a buscarlo.
El individuo que acababa de entrar se presentó como Leinho Carioca, según él un reconocido pae de la religión umbanda del interior de Brasil, especializado en distintos tipos de magia, interpretación de sueños y lo que más destacó: credencial profesional avalada por el Mercosur.
Allí nos enteramos que soñar con huevos, a diferencia de lo que sucede en nuestro país, no tiene un sólo significado y le pidió detalles al Rata de su sueño.
Luego nos dió la siguiente guía de significados, para que tengamos en cuenta cuando soñemos con huevos:
Huevos blancos en una canasta de mimbre
Significa paz interior, armonía espiritual en ascenso. No obstante, las cosas pueden no andar bien en lo económico y todo lo material puede perderse en un santiamén, por ser optimista. La raiz de un lunar en la espalda tocará la médula ósea y comenzará a escuchar voces interiores. La única cura consiste en santificar un gato del vecindario y cederle todos sus bienes, que total ya estaba por perderlos
Huevos de color bajo la almohada
Una sorpresa desagradable acontecerá en su ámbito laboral. Su ex-ámbito laboral.
Sus compañeros se burlarán de usted y le negarán su ayuda. Cuidese de las tentaciones y no se deje llevar por comentarios. Al final no podrá resistir la presión y se arrojará al paso de un tren, lo cual a la larga le evitará el dolor causado por un lunar que empezaría a molestarle un pocas semanas en la zona lumbar.
Para evitar todo esto, intérnese en un monasterio alejado de todo ramal ferroviario y por favor no se rasque la espalda por ningún motivo.
Huevos de pascua en un plato sopero
Un presagio de buena suerte: a todo aquel que le cuente el sueño su suerte cambiará y en el transcurso de dos años se transformará en un nuevo rico. Usted seguirá en la pobreza, pero los favorecidos lo invitarán cada tanto a comer un asado en el quincho climatizado.
Es inevitable que se incumpla este designio, a menos que un lunar molesto empiece a crecer en su espalda.
Huevos de codorniz hervidos
Su vida seguirá como siempre, por muchos, muchos, muchos años más. Despreocúpese de los problemas actuales y mantenga su rutina. Sentirá en el transcurso de la semana una molestia en la espalda, pero el médico le recomendará que cambie la butaca del auto porque un resorte le está lastimando la zona baja de la espalda.
No se recomienda tratamiento: una mala praxis podría infectar la lastimadura en la espalda y trasnformarla en un lunar poco beneficioso.
Afortunadamente el Rata había soñado con huevos de codorniz hervidos y se fue lo más feliz, tranquilo y campante a servir las mesas.
Cuando salió el Rata, le agradecimos a Leinho su buena voluntad y sus conocimientos.
Se sinceró:
-No, si todo esto lo inventé recién, para calmar al muchacho. Lo único que les puedo aconsejar, es que se jueguen para el gordo de fin de año un billetito que termine en doble cero, y no se olviden de mi porque me engancho.
viernes, 22 de diciembre de 2006
Fah! Aparecimos en Clarín Digital (si bucean bien al fondo nos encuentran)
El viernes, en la Enciclopedia mundial del coso, apareció una referencia al objeto que pueden ver en la imagen que da inicio a esta nota. La Enciclopedia mundial del coso es un espacio creado por el webloguero profesional (bah, así se autodenomina) Esteban Podeti, en su notable weblog del diario Clarín.El coso en cuestión es -nada más ni nada menos- la viruta o pelusa de goma de borrar, elemento que fogoneamos desde Polenta con Pajaritos como promotor de la identidad cultural del hombre. No voy a desarrollar aquí el argumento completo porque Podeti lo reprodujo (lo copypasteó) del mail que le enviamos y al pie de la letra (además le agregó ese dibujito tan monono), así que les recomiendo que sigan el link y lo vean ahí mismo y de paso paseen por el resto de weblog que Yo contra el mundo no los va a defraudar.
Pero yo en realidad escribo por otro motivo, porque lo primero es la honradez. Y en honor a ésta, debo aclarar que la idea de postular a la viruta de goma de borrar como un objeto que debería estar en el Hall of Fame de la Enciclopedia surge de un infortunado accidente que ha ocurrido aquí en el restaurante.
Resulta que habíamos decidido preparar un menú de guiso de lentejas y acompañarlo con un delicioso pan casero.
Le encargamos a Toni, nuestro cocinero experto en gastronomía alternativa y experimental, que se jugara con unas piezas de pan casero.
Promocionamos nuestro menú (la idea era hacerlo fijo todos los miércoles al mediodía) y recibimos unas cuantas reservas.
Pero el día indicado, con mucha mesas ya ocupadas, Toni nos llama con desesperación a la cocina y nos dice:
-No funcionó.
-¿Qué cosa?- preguntamos.
-El pan,- aclara- el pan no levó.
Ahí nos puso en conocimiento que había utilizado un método artesanal de levado que había escuchado mencionar a un mendigo tailandés, en una de sus visitas a un bar de mala fama en las afueras de Diamante. Obviamente el método era falso.
Nos mostró lo que había obtenido.
Lo que vimos eran flacos jirones de masa, granulada, arenosa. Bah, en definitiva es lo que ven en el dibujo de la viruta de goma de borrar.
Ante tamaño parecido, se me ocurrió enviárselo a Podeti para su famosa enciclopedia. Pero ustedes ya lo saben, lo que ven ahí no es viruta de goma de borrar, sino masa de pan casero mal levada. Afortunadamente, como dudo que Podeti ingrese aquí y lea esto, las apariencias están a salvo.
Guarden el secreto y se harán acreedores a un plato de guiso de lentejas con pan lactal, nuestro menú de los miércoles. Gracias.
Mis memorias
Estaba reflexionando sobre los circuitos de la memoria, sobre los procesos que hacen que uno recuerde y actúe en consecuencia. Sobre la facilidad de recordar nombres, datos y vivencias, que permanecen cincelados en la mente.
Y pensaba, precisamente, en el porqué de que todos esos circuitos (delicados, sutiles) a mi me fallen con un descaro asombroso.
La memoria se me resbala. Tanto, que cuando retengo algo me asombra. Ultimamente, lo único que puedo retener es líquido.
Algo de esto ya hemos hablado cuando les conté sobre las cosas perdidas aquí en el restaurante.
Recuerdo (sí, dije recuerdo, y estoy asombrado) que cuando era pibe tenía una memoria a prueba de balas.
Era cuestión de leer algo (fechas, nombres, cantidades, lugares y las combinaciones entre uno o más de estos datos) para que pudiera, al cabo de varios días, repetir la información absorbida como si la estuviera leyendo del aire.
Ahora, en la caja del supermercado me dicen el total de la compra y cuando termino de abrir la billetera tengo que pedir que me repitan el importe nuevamente.
El cuerpo (músculos, huesos, piezas dentales) también memoriza. A fuerza de repetición.Por ejemplo, en un sólo movimiento puedo lanzarme contra el asiento del auto, rotar en el aire y caer sentado, con una mano ensartar la llave en la cerradura de arranque, con la otra cerrar la puerta, la vista fija verificando la posición del retrovisor y los pies cayendo uno sobre el embrague y el otro sobre el acelerador. Todo esto podría hacerlo de noche bajo una oscuridad absoluta, aún medio dormido y con dos tubos de tinto oleando en el estómago. Es más, con tres tubos de tinto inside creo poder hacerlo incluso sin auto.
Esta memoria es fantástica.
La memoria que conoce al detalle el movimiento de la puerta de calle cuando, sin ver (porque venís tapado de bolsas con las compras de la semana), sabés en qué momento interceptar la hoja de la puerta con el talón del pie menos hábil, cerrarla con la fuerza justa para que ni quede abierta ni desprenda el marco de la pared e iniciar un raid a través de sillas, mesas, sillones y otros obstáculos que podés esquivar como si estuvieras sujeto a un riel que recorre tu casa (algo así como un tren fantasma).
Maravilloso.
Lástima que esta memoria también empezó a fallarme.
Simplemente estoy un poquito gordo.
La puerta que antes se cerraba mis espaldas ahora me cachetea el culo y se abre de nuevo.
Cuando paso al filo de la mesa, el ombligo va tirando los vasos al piso.
Un desastre.
No les deseo esta amnesia muscular, que hace retrotraer nuestras mentes hasta la época del crecimiento, a la torpe edad del pavo, cuando el cuerpo varía de tal forma que se nos hace incontrolable.
Así las cosas, me quedé sin ningún tipo de memoria, ni mental ni corporal. Una anárquica amnesia que es limítrofe a la locura.
Trabajar acá en el restaurante no hace más que acrecentar mi angustia.
En este momento, desde hace diez minutos estoy dando vueltas con una milanesa con puré en la bandeja, que ya se me está enfriando, y sigo sin encontrar al destinatario del plato. La gente me ayuda, como en la playa cuando se pierde algún chico, y me siguen entre las mesas, aplaudiendo, pero nada, che, no sé para quién es esto.
Probablemente el que me lo haya pedido no esté menos perdido que yo y en este momento se encuentre caminando, a varias cuadras de distancia, satisfecho, sobándose la panza y pensando convencido: "qué buena milanesa con puré que me he comido".
Y pensaba, precisamente, en el porqué de que todos esos circuitos (delicados, sutiles) a mi me fallen con un descaro asombroso.
La memoria se me resbala. Tanto, que cuando retengo algo me asombra. Ultimamente, lo único que puedo retener es líquido.
Algo de esto ya hemos hablado cuando les conté sobre las cosas perdidas aquí en el restaurante.
Recuerdo (sí, dije recuerdo, y estoy asombrado) que cuando era pibe tenía una memoria a prueba de balas.
Era cuestión de leer algo (fechas, nombres, cantidades, lugares y las combinaciones entre uno o más de estos datos) para que pudiera, al cabo de varios días, repetir la información absorbida como si la estuviera leyendo del aire.
Ahora, en la caja del supermercado me dicen el total de la compra y cuando termino de abrir la billetera tengo que pedir que me repitan el importe nuevamente.
El cuerpo (músculos, huesos, piezas dentales) también memoriza. A fuerza de repetición.Por ejemplo, en un sólo movimiento puedo lanzarme contra el asiento del auto, rotar en el aire y caer sentado, con una mano ensartar la llave en la cerradura de arranque, con la otra cerrar la puerta, la vista fija verificando la posición del retrovisor y los pies cayendo uno sobre el embrague y el otro sobre el acelerador. Todo esto podría hacerlo de noche bajo una oscuridad absoluta, aún medio dormido y con dos tubos de tinto oleando en el estómago. Es más, con tres tubos de tinto inside creo poder hacerlo incluso sin auto.
Esta memoria es fantástica.
La memoria que conoce al detalle el movimiento de la puerta de calle cuando, sin ver (porque venís tapado de bolsas con las compras de la semana), sabés en qué momento interceptar la hoja de la puerta con el talón del pie menos hábil, cerrarla con la fuerza justa para que ni quede abierta ni desprenda el marco de la pared e iniciar un raid a través de sillas, mesas, sillones y otros obstáculos que podés esquivar como si estuvieras sujeto a un riel que recorre tu casa (algo así como un tren fantasma).
Maravilloso.
Lástima que esta memoria también empezó a fallarme.
Simplemente estoy un poquito gordo.
La puerta que antes se cerraba mis espaldas ahora me cachetea el culo y se abre de nuevo.
Cuando paso al filo de la mesa, el ombligo va tirando los vasos al piso.
Un desastre.
No les deseo esta amnesia muscular, que hace retrotraer nuestras mentes hasta la época del crecimiento, a la torpe edad del pavo, cuando el cuerpo varía de tal forma que se nos hace incontrolable.
Así las cosas, me quedé sin ningún tipo de memoria, ni mental ni corporal. Una anárquica amnesia que es limítrofe a la locura.
Trabajar acá en el restaurante no hace más que acrecentar mi angustia.
En este momento, desde hace diez minutos estoy dando vueltas con una milanesa con puré en la bandeja, que ya se me está enfriando, y sigo sin encontrar al destinatario del plato. La gente me ayuda, como en la playa cuando se pierde algún chico, y me siguen entre las mesas, aplaudiendo, pero nada, che, no sé para quién es esto.
Probablemente el que me lo haya pedido no esté menos perdido que yo y en este momento se encuentre caminando, a varias cuadras de distancia, satisfecho, sobándose la panza y pensando convencido: "qué buena milanesa con puré que me he comido".
miércoles, 20 de diciembre de 2006
Fundamentos
Ayer estábamos cenando con unos amigos en una pizzería y pasó una niña vendiendo flores. Le compré un pimpollo de rosa para mi esposa que en ese momento estaba trabajando, para darle un minúsculo regalito sorpresa.
La flor venía envuelta en celofán metalizado y el pimpollo estaba protegido o enfundado en un chapuchón confeccionado con una especie de red plástica. No se si se ubican como es esta protección para los pétalos, intenté buscar una foto en internet y no lo conseguí, espero lo imaginen.
Cuando estaba a punto de retirar el capuchón para dejar la flor en libertad, una amiga me dijo:
-Dejaseló, así le va a durar más tiempo.
Entonces pensé: ¿y para qué quiero que dure más tiempo si no puedo disfrutarla, paladearla con la vista?.
Es como tener un tener un perfume de excelente fragancia, de los que no se consiguen tan fácil o son harto costosos, y no usarlo nunca para que no se gaste. ¿Qué placer produce el perfume dentro del frasco?
Hay mucha gente que se rige con ese principio en todo momento.
Están los que se compran un auto cero con unos tapizados espectaculares, pero nueve meses después de estrenados siguen los asientos enfundados en bolsas de nylon como colchones de geriátrico.
Yo particularmente tengo algunas de esas mañas: suelo no usar algunas de las lapiceras que mejor escriben o más me gustan por miedo de -una vez agotadas- no conseguir el repuesto. O añejar en demasía un buen vino, no tanto por mejorarlo sino por temor de no poder reponerlo.
Basta.
Desde hoy cambiaré de método.
Tengo en el restaurante unas mesas hermosísimas, ¿para qué cubrirlas con el mantel?
A partir de mañana encontrarán una fantástica superficie de madera pulida en vez de un mugroso trapo.
Ni siquiera pienso poner los platos. Al fin de cuentas no son más que intermediarios que impiden que se manche el mantel que impide que se ensucie la mesa.
Un cucharon de polenta directamente sobre la madera, que después de todo el contacto con el roble hace al buen vino, entre otras cosas.
Y es más, basta de intermediarios.
¿Qué es la comida? Una excusa para que -como por arte de magia- sus billetes pasen desde sus billeteras a nuestra caja registradora.
Así que desde ahora, entran al restaurante, pagan y listo. Chau, se van.
A ver si de una vez por todas acabamos con estos viejos vicios de dilatar las cosas y dejar para mañana lo que puedes disfrutar hoy.
La flor venía envuelta en celofán metalizado y el pimpollo estaba protegido o enfundado en un chapuchón confeccionado con una especie de red plástica. No se si se ubican como es esta protección para los pétalos, intenté buscar una foto en internet y no lo conseguí, espero lo imaginen.
Cuando estaba a punto de retirar el capuchón para dejar la flor en libertad, una amiga me dijo:
-Dejaseló, así le va a durar más tiempo.
Entonces pensé: ¿y para qué quiero que dure más tiempo si no puedo disfrutarla, paladearla con la vista?.
Es como tener un tener un perfume de excelente fragancia, de los que no se consiguen tan fácil o son harto costosos, y no usarlo nunca para que no se gaste. ¿Qué placer produce el perfume dentro del frasco?
Hay mucha gente que se rige con ese principio en todo momento.
Están los que se compran un auto cero con unos tapizados espectaculares, pero nueve meses después de estrenados siguen los asientos enfundados en bolsas de nylon como colchones de geriátrico.
Yo particularmente tengo algunas de esas mañas: suelo no usar algunas de las lapiceras que mejor escriben o más me gustan por miedo de -una vez agotadas- no conseguir el repuesto. O añejar en demasía un buen vino, no tanto por mejorarlo sino por temor de no poder reponerlo.
Basta.
Desde hoy cambiaré de método.
Tengo en el restaurante unas mesas hermosísimas, ¿para qué cubrirlas con el mantel?
A partir de mañana encontrarán una fantástica superficie de madera pulida en vez de un mugroso trapo.
Ni siquiera pienso poner los platos. Al fin de cuentas no son más que intermediarios que impiden que se manche el mantel que impide que se ensucie la mesa.
Un cucharon de polenta directamente sobre la madera, que después de todo el contacto con el roble hace al buen vino, entre otras cosas.
Y es más, basta de intermediarios.
¿Qué es la comida? Una excusa para que -como por arte de magia- sus billetes pasen desde sus billeteras a nuestra caja registradora.
Así que desde ahora, entran al restaurante, pagan y listo. Chau, se van.
A ver si de una vez por todas acabamos con estos viejos vicios de dilatar las cosas y dejar para mañana lo que puedes disfrutar hoy.
martes, 19 de diciembre de 2006
Visita al yopin II (la revancha)
Hace un rato escuché o leí algo que me hizo acordar de la siguiente anécdota, ocurrida más o menos por la fecha en la que escribí la primera parte de este artículo y por alguna razón la había escondido en el subconciente.
Ojo, que esto me ocurrió denserio, eh?
Luego de una larga caminata por uno de los shopping de la ciudad, regresábamos con mi esposa e hija rumbo a los estacionamientos.
Cómo estábamos en otro nivel (me refiero al piso, no al económico porque como siempre salimos sin comprar nada) optamos por tomar uno de los tres ascensores que haý en ese ala del complejo.
Estábamos esperando uno de los tres y yo (impaciente como siempre) apoyaba la mejilla contra el vidrio de la puerta y mirando el hueco del ascensor de arriba-abajo para saber si la cabina iba o venía con respecto a nuestro piso, para ver si nos convenía esperar primero alguno de los otros dos.
En un momento le dije a mi esposa algo así como "vení, este es el que sube".
Una mujer de unos veintipico escuchó el anuncio y dirigiéndose hacia mí (se ve que pensaba que yo la manyaba lunga) dijo señalando la puerta de uno de los otros ascensores:
-¿Y no sabe si por acá pasa el que baja?
Me quedé sin palabras. Simplemente la miré entre asombrado e incrédulo, sin contestar.
Perdí la capacidad mental y no puedo armar bien la escena, pero creo que me dijo algo así como "ah, claro" dio media vuelta y desapareció por la primer puerta que se abrió. Tan perplejos quedamos que recién dos días después comenté el hecho con mi mujer y aflojamos la risa.
¿Pensó por un momento que los ascensores son una cinta sin fin, una montaña rusa ultra reprimida?
No sé, francamente no sé.
Y ella tampoco.
(¡Ah! Gracias por las primeras 1000 visitas)
Esta semana me pegó por mirar videos en internet y encontré algunas cosillas que pienso utilizar en el restaurante. Miren a este tipo que hace dibujos en el café con leche.
Ojo, que esto me ocurrió denserio, eh?
Luego de una larga caminata por uno de los shopping de la ciudad, regresábamos con mi esposa e hija rumbo a los estacionamientos.
Cómo estábamos en otro nivel (me refiero al piso, no al económico porque como siempre salimos sin comprar nada) optamos por tomar uno de los tres ascensores que haý en ese ala del complejo.
Estábamos esperando uno de los tres y yo (impaciente como siempre) apoyaba la mejilla contra el vidrio de la puerta y mirando el hueco del ascensor de arriba-abajo para saber si la cabina iba o venía con respecto a nuestro piso, para ver si nos convenía esperar primero alguno de los otros dos.
En un momento le dije a mi esposa algo así como "vení, este es el que sube".
Una mujer de unos veintipico escuchó el anuncio y dirigiéndose hacia mí (se ve que pensaba que yo la manyaba lunga) dijo señalando la puerta de uno de los otros ascensores:
-¿Y no sabe si por acá pasa el que baja?
Me quedé sin palabras. Simplemente la miré entre asombrado e incrédulo, sin contestar.
Perdí la capacidad mental y no puedo armar bien la escena, pero creo que me dijo algo así como "ah, claro" dio media vuelta y desapareció por la primer puerta que se abrió. Tan perplejos quedamos que recién dos días después comenté el hecho con mi mujer y aflojamos la risa.
¿Pensó por un momento que los ascensores son una cinta sin fin, una montaña rusa ultra reprimida?
No sé, francamente no sé.
Y ella tampoco.
(¡Ah! Gracias por las primeras 1000 visitas)
Esta semana me pegó por mirar videos en internet y encontré algunas cosillas que pienso utilizar en el restaurante. Miren a este tipo que hace dibujos en el café con leche.
lunes, 18 de diciembre de 2006
Navidad hot
La navidad no sólo es alegría, paz, diversión y alcohol desmedido e irresponsable.
No señor.
Es una fuente inagotable de peligros y acechos.
Mi hija estuvo hace dos años presionando para que armemos el arbolito (sí, 730 días; porque el año pasado utilizando débiles excusas, evasivas respuestas y grandes fiacas no lo hemos armado) así que este año sí lo sacamos de su destierro placaresco.
Sin embargo, me siento como si hubiera instalado el terror en mi casa.
Verlo ahí, disimuladamente apacible, casi inocente, con todas esas lucecitas focos de incendio aguardando su oportunidad de flambearnos.
Porque seamos sinceros, muy seguro no es.
En principio, como no tengo enchufes que anden por ahí cerca (débiles excusas, evasivas respuestas y grandes fiacas me impiden cambiarlos) un tentáculo de cables retorcidos y atirabuzonados se arrastra varios metros por el piso hasta llegar a la base del pino, para peor colocado sobre una mesita plástica forrada en papel madera para darle el toque rústico apropiado. Basta un pie distraido para talar el pino sin mayor esfuerzo.
Luego, como casi ya no nos quedan adornos, aproveche unos cuatro juegos de 200 luces cada uno para disimular el faltante. El resultado es un arbolito con más luces que la Torre Eiffel (no, no es metafórico) y que a su vez es una efectiva fuente de radiación calórica. Con decirles que debajo armamos el pesebre y ya los tres reyes magos se me pusieron en bolas y se están comiendo uno de los corderos, que víéndolo asado pinta estar bueno.
Por último, ninguno de los juegos de luces parpadea y esto no hace más que aumentar el peligro de ignición. Además que no se puede dormir. En mi pieza entra un fulgor por la puerta que me está decolorando el cubrecama. A José, María y Jesús los tengo con lentes ahumados; el pesebre parece una grabación de CQC.
En nada colabora que el árbol es de un plástico finito con pinta de inflamable y tiene colgados todos los amorosos adornos que fabrica año a año mi hija en la escuela: todos muy lindos pero hechos de viruta de madera, palitos de helado y cosas por el estilo. No sé, en cualquier momento me cae con un adornito hecho de briquetas y pastillas de encendido para carbón.
Al final, uno termina mirando el arbolito con recelo y cada vez que salgo apago luces, bajo las térmicas y el disyuntor, aunque al volver tenga que reprogramar los canales de video y radiorelojes, con lo mucho que odio esta tarea.
Probablemente piensen que soy un paranoico.
Sin embargo, los invito a ver este video (educativo, agregaría yo) donde pueden ver como una casa (la tuya, la mía) se convierte en un infierno en menos de un minuto gracias a la acción de estos delincuentes llamados arbolitos de navidad. Para los de ánimo sensible, aclaro que nadie sale herido en la cinta y no hay escenas fuertes. El único que sale maltrecho de la grabación es el espítiru navideño, que en paz descanse. ¡Corre cinta!
No señor.
Es una fuente inagotable de peligros y acechos.
Mi hija estuvo hace dos años presionando para que armemos el arbolito (sí, 730 días; porque el año pasado utilizando débiles excusas, evasivas respuestas y grandes fiacas no lo hemos armado) así que este año sí lo sacamos de su destierro placaresco.
Sin embargo, me siento como si hubiera instalado el terror en mi casa.
Verlo ahí, disimuladamente apacible, casi inocente, con todas esas lucecitas focos de incendio aguardando su oportunidad de flambearnos.
Porque seamos sinceros, muy seguro no es.
En principio, como no tengo enchufes que anden por ahí cerca (débiles excusas, evasivas respuestas y grandes fiacas me impiden cambiarlos) un tentáculo de cables retorcidos y atirabuzonados se arrastra varios metros por el piso hasta llegar a la base del pino, para peor colocado sobre una mesita plástica forrada en papel madera para darle el toque rústico apropiado. Basta un pie distraido para talar el pino sin mayor esfuerzo.
Luego, como casi ya no nos quedan adornos, aproveche unos cuatro juegos de 200 luces cada uno para disimular el faltante. El resultado es un arbolito con más luces que la Torre Eiffel (no, no es metafórico) y que a su vez es una efectiva fuente de radiación calórica. Con decirles que debajo armamos el pesebre y ya los tres reyes magos se me pusieron en bolas y se están comiendo uno de los corderos, que víéndolo asado pinta estar bueno.
Por último, ninguno de los juegos de luces parpadea y esto no hace más que aumentar el peligro de ignición. Además que no se puede dormir. En mi pieza entra un fulgor por la puerta que me está decolorando el cubrecama. A José, María y Jesús los tengo con lentes ahumados; el pesebre parece una grabación de CQC.
En nada colabora que el árbol es de un plástico finito con pinta de inflamable y tiene colgados todos los amorosos adornos que fabrica año a año mi hija en la escuela: todos muy lindos pero hechos de viruta de madera, palitos de helado y cosas por el estilo. No sé, en cualquier momento me cae con un adornito hecho de briquetas y pastillas de encendido para carbón.
Al final, uno termina mirando el arbolito con recelo y cada vez que salgo apago luces, bajo las térmicas y el disyuntor, aunque al volver tenga que reprogramar los canales de video y radiorelojes, con lo mucho que odio esta tarea.
Probablemente piensen que soy un paranoico.
Sin embargo, los invito a ver este video (educativo, agregaría yo) donde pueden ver como una casa (la tuya, la mía) se convierte en un infierno en menos de un minuto gracias a la acción de estos delincuentes llamados arbolitos de navidad. Para los de ánimo sensible, aclaro que nadie sale herido en la cinta y no hay escenas fuertes. El único que sale maltrecho de la grabación es el espítiru navideño, que en paz descanse. ¡Corre cinta!
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