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domingo, 4 de marzo de 2012

Bromatología

Hoy llegó el primer cliente de esta nueva era del restaurante.
Se, quedó parado apenas traspasó la puerta, mirando curiosamente a su alrededor.
Me acerqué sonriente a recibirlo.
-Buenas noches, caballero, ¿cómo está?
-Bien, bien -respondió- ¿es nuevo este local?
-En realidad no, pero acabamos de reabrir.
-Mmmh, mire usted - masculló mientras seguía observando.
-¿Va a usted a cenar?
-No, no, no. Soy inspector municipal, bromatología.
-Ah, ah, ah. Menos mal, porque justamente le iba a aclarar que acá no iba a poder, que esto no es un restaurante.
Me miró sorprendido.
-¿No?, ¿y entonces qué es esto?
-Eh, este, esto es... nuestro showroom. Eso: este es nuestro showroom.
-¿Showroom de qué?
-Showroom de muebles para restaurantes. Es obvio.
-Que raro. ¿Y por qué las mesas con manteles, platos y floreritos?
-Si, bueno, es para darle realismo, para darle una imagen más acabada. Igual las imágenes son meramente ilustrativas.
-¿Y aquello no es una cocina?
-¡Pero por favor, señor inspector! ¿Cómo va a ser una cocina?, no, no, no, está equivocado. Aquello es parte de nuestro departamento de calidad.
-¿Cómo?
-Claro, nosotros probamos las mesas, entonces necesariamente tenemos que simular sobre las mesas que cortamos comida, que pinchamos aceitunas, que derramamos vasos. En fin, nuestras mesas no salen de acá con menos de diez mil movimientos de corte a cuchillo, para asegurarnos que no se desvencijan al primer uso. En nuestro laboratorio, no cocina, en nuestro laboratorio preparamos algunos platos a fin de probar como se comportan nuestros muebles.
El Inspector asintió en silencio.
-Bueno, -se resignó- no tengo nada que hacer acá, entonces.
Justo en ese momento fijó su vista en algo que siguíó con su mirada.
-Eso, ¿fue una cucaracha?
-Si, a la más grande le puse Cuca.
Estalló en una carcajada.
Se despidió algo desilusionado y lo acompañé hacia la puerta, palmeándole la espalda.

viernes, 29 de octubre de 2010

Charla con patu

(Patu con amigas en casa)
Yo -Ofrecele algo a tus amigas.
Patu -¿Algo de qué?
Yo -Algo de comer. Ofreceles de esas galletitas.
Patu -Lo que pasa es que están feas y húmedas.
Yo -No importa, aunque estén feas y húmedas igual son tus amigas. Ofreceles algo.

miércoles, 15 de julio de 2009

Guías Colman para personas verdaderamente estúpidas: Hoy, cómo meter la pata hasta el caracú usando internet ingenuamente

Las Guías Colman nos acercan un método infalible para quedar mal en internet. Siga los pasos descriptos a continuación y siéntese a esperar los resultados.
  1. Escriba un post para su blog.
  2. Decídase a ilustrarlo con una foto.
  3. Vaya a Google y busque una imagen escribiendo algunas palabras claves del post.
  4. Tome la primer imagen que vea y peguela en su texto.
  5. Espere algunos días hasta que venga alguien y le deje un comentario informándole que la imagen era suya (del otro, no de usted).
  6. Siéntase un papafritas sin temor a equivocarse.
Si, si, si, esto acaba de pasarme.
Resulta que para el post donde hablaba de la porquería de costeleta que saca Toni de la cocina no tuve mejor idea que ponerle una fotito.
Entré a Google, toqué la opción para buscar imágenes, busqué "costeleta plato" -pueden hacer la misma prueba si gustan- y agarré la primer foto que apareció en pantalla que por tamaño cabía en el espacio.
Hoy en el post me dejó un comentario María, informándome que la imagen era de ella (no de ella precisamente, sino de una costeleta de ella... no, no, tampoco, una costeleta comprada y cocinada por ella... por dios, no dejo de seguir enterrándome) y que la había sacado para ilustrar su receta de costeletas de cerdo.
O sea, no sólo use la foto sin su expresa autorización, no aclaré de donde provenía sino que además parece que la puse porque la costeleta de ella (ufa, la de ella no, ¿tengo que aclarar de nuevo?) estaba mal cocida y grasosa.
O sea, si en este momento María no está haciendo vudú con la foto de mi perfil y deseándome una muerte lenta y dolorosa -o una no tan lenta pero sí mucho más dolorosa- es porque ella es muy buena y dice que me perdona y yo estoy seguro que mañana mismo dejará sin efecto el asuntito este de la demanda que me metió en tribunales.

Ahora, piensen un segundo la cosa y razonen sobre las casualidades.
Busqué casi al azar una imagen -entre millones de imágenes- y justo fui a elegir una que pertenece al blog -entre millones de blogs- de una persona que vino y leyó mi post -entre millones de lectores, bueno, no se si millones, pongámosle unos veinte para redondear.
¿No es fantástico?
Claro, fantástico es para mí, que estoy analizando las posibilidades, y no tanto para María a quien involuntariamente le afané la foto.
Ustedes saben que siempre pongo los créditos de las cosas que uso, de la gente que colabora y todo eso, pero jamás de los jamases se me había ocurrido revisar de donde es que saco las fotos (porque las tomo directamente de la página de resultados de Google, sin abrir las páginas que las contienen).
Esta experiencia me obligará a revisar más cuidadosamente de qué lugares me ofrece Google las fotos (porque Google es como el flaquito drogón del barrio que está dele ofrecerte celulares robados).
María, reitero mis disculpas.
De paso, ya que están, dense una vuelta por su blog, curioseen las recetas a ver si encuentran algo para aprovechar (me refiero a las recetas, no a las fotos, listillos).

martes, 14 de octubre de 2008

Cuiqui

Como un inútil intento de compensar la falta de tiempo que tengo para dedicarle al blog posteando algo más corto, les dejo una pequeña lista de cosas que me causan auténtico pavor.
(Nota necesaria: si, ya sé, estoy corriendo el riesgo de que esto se vuelva medio intimista, que me pase de rosca confesando estupideces y que cuando me vean por la calle me señalen con el dedo y me griten "¡mirá!, ahí va el boludo que le pasó tal o cual cosa". Pero igual ya estoy jugado. Actualmente ya me señalan por la calle y me gritan cosas, sólo faltaba una excusa para atenuar los cargos de conciencia de los señaladores)
Cuando hablo de cosas que me provocan auténtico pavor, me refiero a situaciones en donde sabés que pueden venir, sabés que van a venir, te podés preparar, te sentís listo y ¡zas! te pasan y te cagás en las patas. Es así.
Y todas son bien sencillitas, pero... qué le vamos a hacer.
Las principales son:
  • "Estrenar" un sifón de soda es terrible. Cuando sale el primer chorro, salpicando todo y amenazando con arrancarte el vaso de la mano se me hiela la sangre.
  • Cuando estás en el baño y sabés que la puerta está trabada o cerrada con llave sabés que no puede entrar nadie. No obstante, si alguien hace el intento de abrir la puerta generalmente dejo la marca de las uñas en los azulejos.
  • Los instantes previos a reventar un globo con los dientes son una tortura digna del Vietcong.
  • La descarga de estática que me da el auto cada vez que bajo me inmoviliza por un microinstante, como si estuvieran por caerme 36.000 voltios encima.
  • Poner las empanadas en el aceite hirviendo me da la sensación de que todo está por entrar en erupción dentro de la sartén. Basta con que una gotita de aceite salte y diga "Buuuuuuu" para que continúe controlando la cocción desde la vereda de enfrente. Y eso que no les cuento nada de los globitos que se hacen en la clara de los huevos fritos.
  • Que me corra un grone bien grandote, a las puteadas, blandiendo una barreta de hierro en una mano reclamándome que le pague no se que cosa (cual es la cosa es irrelevante; lo relevante es ver que la barreta tiene manchas de sangre seca) también me da como un poco de cuiqui.
Huy, al final escribí bastante, che. Bueno, pero no cuenta: esto es terapia.

¿Cuántas de éstos miedos casi ancestrales comparto con ustedes?
¿Dé cuales me estoy olvidando?

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Y encima le llaman "servicio" a lo que hacen

Ayer fui a las oficinas de la empresa que nos provee el servicio de televisión por cable para quejarme. Y mirá que mi esposa me insistía en que no lo haga, que no me iban a dar bola.
¡Ja!, se ve que no me conoce. Bueno, no, sí me conoce, pero igual me fui a reclamar.
Es que el servicio que nos prestan es una reverenda cagada. Discúlpenme el exabrupto, que utilice esta palabra que no es la más apropiada, pero no conozco ningún sinónimo de la palabra servicio.
La cuestión es que puse mi mejor cara de enojado y me dirigí al escritorio más cercano.
-Discúlpeme señorita, vengo a presentar un reclamo.
-Dígame, en qué lo puedo ayudar.
-Hay canales en el cable que se ven en blanco y negro.
La chica me miró algo extrañada, cosa que interpreté como una técnica para confundir a clientes exigentes como yo.
-Si... ¿y? -me respondió la muy fresca.
-¿Cómo "y"?, yo tengo un plasma que tiene todos los colores, de treinta y chirolas pulgadas y ustedes me pasan películas en blanco y negro.
En este punto tengo que aclarar que no tengo un plasma y que el televisor que más se acerca a las treinta pulgadas es el del comedor, pero de profundo. Me animé a mentirle así descaradamente porque 1) igual mi televisor tiene colores, un poquito apagado el rojo pero los tiene y 2) un amigo me explicó que aunque yo por el cable vea los canales de ellos, no pueden sin embargo espiarme la cocina por el cable. Es decir que el cable no es binorma.
-Señor, -me dijo fastidiada- son películas viejas, son el blanco y negro, son clásicos.
-¿Ah, clásicos? Si, claro, y yo me chupo el dedo. Mirá, nena, -en este momento ya estaba con todos los patos volados- en ningún lado dice que me iban a pasar cosas sin colores, usadas. ¿O a ver, mostrame el contrato con la firma mía donde diga que yo estoy de acuerdo con que me pasen cosas reviejas. ¡Hasta sin sonido algunas!
-Mire, señor, tengo cosas más import...
-¡Claro!, cosas más importantes que hacer, ¿no?, ¿cómo qué?, ¡DESPINTAR PELICULAS???, ¿EH?
En un momento, creo que luego del grito y el pararme sobre el escritorio, se acercaron dos personas de seguridad y me empezaron a arrastrar hacia la puerta.
-Dale, ¡échenmen!, total, hagan lo que quieran, aunque sea, ¡si van a pasarme películas viejas por lo menos cóbrenme en australes, carajo!
La cuestión es que me sacaron a la calle y por la tarde cayó por casa una furgoneta a cortarnos el servicio de cable.
Al atardecer no me quedó más remedio, ante la falta de televisión, que salir con una silla a la puerta a tomar mate (si, en mi barrio todavía la gente sale a la calle a tomar mate).
Pucha, si vieras que lindos atardeceres me estaba perdiendo todo este tiempo.
Con mi mala suerte habitual, es cantado que mañana me los codifican.

lunes, 1 de septiembre de 2008

Querido diario

Querido diario: este fin de semana me pasaron algunas cosas que me han marcado, de una manera u otra, digamos, en forma indeleble.

El sábado fui con uno de mis hermanos a ver un recital del Fito Paez.
Si, si, ya sé que a mi Fito mucho no me gusta. Bueno, en realidad, lo que no me gusta de Fito es lo último que ha hecho. Bueno, si, si, para qué voy a mentirte a vos, diario mío, lo que vino después de "El amor después del amor" no rescato mucho más que seis o siete temas sueltos.
En fin, la cuestión es que fuimos con la intención de no desperdiciar las dos entradas gratis que mi hermano había conseguido.
Cuando llegamos, iba por el segundo tema. "Zafamos", pensé, "un tema menos para escuchar".
Sin embargo, Paez me tapó la boca.
El show fue impecable y la selección de temas excelente.
Las versiones fueron insuperables y mis prejuicios quedaron destrozados por el piso.
Pero, amén del espectáculo (que reconozco volvería a ver gustoso) sucedió algo que me hizo saber que " yo había perdido la chispa".
Además de disfrutar de la música y de que Fito estaba haciendo un despliegue admirable (acompañado muy bien por Coki and The Killers Burritos como banda soporte) yo no podía dejar de ver a un Fito Paez laburante.
Un tipo que a ojos de fanático estaba dando un buen espectáculo, pero a ojos míos no era más que un tipo esforzándose por dar lo mejor de sí, a costa de estar atento a todo.
No pude en ningún momento dejar de percibir las miradas subrepticias con los músicos para coordinar los inicios y los arreglos, los movimientos del pie acomodando los cables y los equipos mientras tocaba, las incomodidades con su traje en algunos momentos y que disimulaba muy bien, la perfecta coordinación para que las cosas parezcan espontáneas, o sea, el laburo fino del tipo que a pesar de todo eso seguía embocándole a las teclas como si nada.
Ir a un recital y apreciar el trabajo de fondo, ver a los laburantes arriba del escenario en vez de ver a los artistas, es perder un poco la chispa. Afortunadamente nadie más parecía darse cuenta.
Bien por Fito, mal por mí.

Ayer fui a comprar pastas con mi sobrino.
Las dos señoras que estaban detrás del mostrador chiste va chiste viene entre ellas, me tiraron un par de piropos más que ingenuos y bien intencionados.
Al salir le dije a mi sobrino "mirá vos que loco lo de estas viejas, mierda, he caído dos escalones en la escala generacional".
El lo resumió en pocas palabras: "¿éstos son los momentos en que te sentís deprimido, no?".
Bien por los veinte años de mi sobrino, mal por mí.

Cruzando un par de palabras con una sobrina quinceañera, le pregunté por una pulsera que tenía puesta.
Resulta que era una pulsera que le pusieron para poder salir y entrar sin volver a pagar en un boliche al que había ido el día anterior.
Lo curioso es que no se refirió al boliche como "boliche" o algún sinónimo de éste, sino como "un lugar donde fui, que había baile, de noche, va la gente a bailar o tomar algo".
Digamos, me describió un boliche de la misma forma en que yo explicaría a mi abuela qué cosa es un MP4.
Mal por mi sobrina, espeluznantemente mal por mí.

Querido diario, ¿te molesta si a partir de hoy te llamo "Señor Juez"?

viernes, 29 de agosto de 2008

Argh... uffff, uffff, frená un cacho... esperá un poco que me infarto... ¡perá, te digo!, che...

Ayer, después de muchos preámbulos, salí a correr.
Bah: me sacaron a correr.
Yo al trote y la Patu en bici.
Todo empezó cuando hace unos días mi hija empezó a insistirme con el tema y no tuve más remedio que resignar mi espíritu sedentario.
El método usado para convencerme fue infalible.

Ella - , ¿salimos a correr?
Yo - No, ¿para qué?
Ella - Hey, fijate en tus zapatos.
Yo (mirando) - ¿Por?, ¿qué tienen?
Ella - ¿Ves?, ¡te tuviste que asomar!

Y sí, ya no es solamente el diámetro de mi ecuador corporal, sino que los mismísimos trópicos están avanzando considerablemente. No te digo que uno debiera tener silueta de Coca Cola, pero por lo menos aspirar a algo levemente mejor que el contorno de un San Felipe 12 Uvas.

La cosa es que salí a trotar, con Patu arreándome con la bici, haciendo restallar una ramita de fresno en mi espalda al menor indicio de reducción de velocidad.
A poco de empezar, empecé a sentir la típica e insoportable picazón que produce la sangre cuando empieza a circular por zonas inexploradas del cuerpo, cuando empieza a colonizar venas y arterias en desuso.
¡Qué insoportable, Dios mío!

Aguanté bastante, no se vayan a creer, por ser la primer salida pedestre en años.
Mis cuatro kilómetros me he recorrido.
Y la velocidad más o menos bien, mucho más de los que yo imaginaba, que era lanzar el hígado por la boca a los docientos metros.
El último kilómetro lo corrí estilo final olímpica de los cien metros llanos.
Es que no pude mantener mi boca cerrada.

Cuando -ya regresando- pasamos frente a una pizzería, había unos cuatro o cinco motoqueros fumando en la puerta.
Cuando vieron que por delante de ellos pasaba una especie de oso panda en jogging, uno de ellos no resistió la tentación de gritarme:

-Eh, campeón, ¿estás entrenando para bajar la zapan o te inscribiste en una carrera de boludos?
-Lo segundo, -respondí boquendo- lo segundo, pero tengo que entrenar bastante porque es difícil ganar... es que los boludos van en moto...

Cuando vi que se pararon medio ofendidos algunos de ellos, les juro que Usain Bolt quedó reducido a la altura velocística de un quelonio.

lunes, 11 de agosto de 2008

¡Tomá, para que aprendas!

No se muy bien por qué, mientras cenaba me acordé de algo que me pasó cuando iba a tercer o cuarto grado de la primaria.
Una de las cosas que recuerdo es que me había atacado por esa época una necesidad viral de leer cuanto libro, revista o historietas se me cruzaran por delante. Una necesidad que luego se transformó en vicio y que aún no me ha abandonado. Tal vez ahora sea más selectivo. Ya no leo la guía telefónica ni los prospectos médicos impresos en letra muy chiquita.
La cuestión es que, a los 9 años, texto que veía texto que leía.
La anécdota que acabo de recordar pasó durante una clase de matemáticas.
Yo estaba leyendo una historieta a escondidas mientras la maestra explicaba algún tema que no recuerdo pero no era de mi interés. Cómo nunca me costó el estudio, me solía tirar más bien a chanta, por ejemplo, dibujando, escribiendo o leyendo en clases.
Supongo que habrá habido un par de retos previos, pero no lo recuerdo.
La cuestión es que recuerdo que en determinado momento levanté los ojos de la revista y ví a la maestra parada frente a mí, con los brazos en jarra, a punto de empezar a gritarme: "¿otra vez con la revistita?, ya le dije que se la voy a sacar, ¡deme eso para acá!"
Acto seguido me arrebató la revista de las manos y me desafió: "¿estás contento ahora?, ahora no te voy a devolver la revista hasta que terminen las clases".
Supongo que me habré encogido de hombros o puse cara de quemimporta, a juzgar por la reacción de Mirtha (sí, así se llamaba la seño, cuyas mejores herramientas sicopedagógicas consistían en pegar el chicle en la nariz a quienes mascaban en clase, arrojarle el borrador a los distraídos, tener un stock de bonetes que decían "burro" y orejeras para caballo hechas en cartulina para los que se pasan la clase mirando el banco de al lado... un amor la Mirtha).
Ella tomó la revista, indignadísima y le arrancó una hoja.
Con una mueca irónica en el rostro, me miró esperando mi reacción.
Miré a mi copañero de banco, luego a ella y me sonreí.
Eso la debió enfurecer mas, porque agarró las hojas y empezó a destrozarlas, como si quisiese depegarles las viñetas.
La revista quedó hecha pedazos, casi toda en el piso y partes aún en manos de la maestra.
Me miró con asco y me volvió a desafiar: "¿todavía le da risa, maleducado?".
Creo haber asentido con la cabeza, con una sonrisa aún más grande en la cara.
La bruja estalló: "ahora se va a ir a reir a la dirección, ¿qué es lo que le da tanta risa?"
Miré nuevamente a mi compañero de banco y sin mirar esta vez a la maestra le respondí: "lo que pasa es que la revista es de él".
A diferencia mía, el gordo no se reía, estaba pálido y creo que hasta una lágrima le humedeció el borde de los ojos.

martes, 24 de junio de 2008

Los tiempos cambian

ANTES

-Venga, m'hija, dígame una cosa.
-Si, tatita.
-¿Fue hoy a saludar a su señora abuela?
-No, padre. Mis obligaciones no me lo han permitido.
-Vea, señorita, hay cosas que no se deben postergar. ¡Ya mismo me ensilla el burro y se me va a darle las buenas noches a su abuela, caramba!
-Pero... padre... ¡es que ya es oscuro y son como cinco leguas!
-¿Cómo es eso?, no me haga alzar la mano, ¿está desafiando la orden de su padre?
-...
-No se lo voy a repetir, malcriada impertinente, más vale que vaya yendo. ¡Y me mira cuando le hablo!, ¿entendido?
-Si, tatita, disculpemé.

AHORA

lunes, 21 de abril de 2008

Una de mi hija

Les cuento una anécdota de mi hija de hace un buen tiempo, de cuando tendría unos tres o cuatro años.
Nos acordamos el viernes de esta charla y me pareció lindo guardarla acá, para no volver a olvidarla.
Es del tipo de lo podríamos encontrar en "Así es la vida", en Selecciones de Reader´s Digest. En ese estilo se las narro, sin diferir en nada de la realidad.

Estábamos en la cama con mi esposa intentando explicar a nuestra pequeña hija -que había venido "de visita" a nuestro dormitorio- el concepto de lo que significaba conformar una familia.
Mi esposa y yo estábamos sentados contra el respaldo de la cama y mi hija sentada en canastita entre nuestras piernas.
En un momento de la charla, le pido su atención y la señalo a ella, a mi esposa y a mí para luego preguntarle:
-Por ejemplo, nosotros tres, juntos, ¿qué somos?
Ella nos miró alternativamente un par de veces y dubitativamente contestó:
-No sé, ¿un triángulo?

miércoles, 21 de noviembre de 2007

Dato absolutamente irrelevante

El sábado próximo se va a dar un hecho curioso, inédito y simpático.
Los tres integrantes de la familia habremos pisado un escenario en el transcurso del año.
Cómo ya les había contado anteriormente, yo debutando en la actuación, mi esposa como locutora y presentadora en un evento y mi hija como actriz por un lado y bailarina por otro (mucho más consolidada que sus padres, realmente).
Ninguna de las presentaciones han sido descollantes ni tenido repercusión más que en círculo más íntimo, pero no deja de ser curioso que en el transcurso de pocos meses todos en la familia hayamos tenido algo para transmitir frente al público en vivo, después de un evidente período de latencia de muchísimos años.
En fin, fue una reflexión en voz alta (y además una excusa para subir algo ya que no posteaba desde el sábado).
Desechen el post y continúen viendo la programación.

jueves, 18 de octubre de 2007

A ver, hagan silencio que el nono les va a contar algo

Sepan que en mis años mozos, fui a una fiesta de carnaval -ahí nomás ya se darán cuenta de que era en blanco y negro la cosa- que organizaba el Club Provincial de Rosario.
Había, además de un par de pistas de baile con disk jockey en estratégicos puntos del predio, algunos escenarios diseminados por ahí donde tocaban distintas bandas.
Digamos que era una proto-rave, pero de noche y del subdesarrollo.
Recuerdo que esa noche tocó primero un grupo de Pablo Granados -cuando no era conocido ni siquiera en la ciudad; el famoso era su padre- que se llamaba FM. Una bosta.
El cierre, estaba a cargo de Carlos Baglietto y Silvina Garré. En ese momento, eran dos de las máximas estrellas del rock nacional.
Entre un show y otro, recuerdo que tocaron unos muchachos que apenas empezaban a asomar en el ambiente.
No éramos más de 70 o 100 personas en torno a ese entarimado precario en donde se ubicaba el grupo.
Recuerdo vívidamente estar primero, sin que te empujen y apretujen, con los codos apoyados en el escenario, sin personal de seguridad mediante, a escasos uno o dos metros de los artistas.
Estaba más cerca y más cómodo que lo que estuve alguna vez de mi hija en alguno de sus actuaciones escolares o de sus participaciones en teatro.
Era como una función privada, como una de esas sesiones unplugged de MTV, un lujo.
Yo los escuchaba y me decía: "qué bien suenan estos vagos, ¿quienes carajo son?".
Estos vagos eran nada más ni nada menos que los Soda Stereo.

Actualización: pensar que en la época a la que refiere este relato todavía era utópico pensar en "una PC en cada casa", internet era algo totalmente ininventado y ni siquiera existían los CD.
En este momento estoy sentado en mi casa mirando -por internet y en vivo- el segundo recital de Soda en River.
Realmente es vertiginoso pensarlo de esta manera.

martes, 2 de octubre de 2007

Conversaciones de ¿chicos?

Hoy llevaba a mi hija a la escuela -esta en quinto grado, una tierna criatura- e iba charlando con uno de sus compañeros que viene con nosotros en el auto. Como dato necesario para el correcto entendimiento de lo que sigue, debo aclarar que el chico es unos cuantos centímetros más bajo que mi hija.
Luego de escuchar un razonamiento algo fascista de su amigo, mi hija lo reprochó:

- Al final sos jodido, como todo enano. - le espetó fastidiada.
- Sí, pero con orgullo - respondió el aludido.

No recuerdo haber tenido de niño alguna conversación de este corte con alguno de mis congéneres.
Podríamos hacer varias lecturas de esto, pero mejor dejémoslo ahí.

jueves, 20 de septiembre de 2007

¿Me duché en la bañera de Reynaldo Sietecase?

Hace unos minutos, publiqué en ¿Qué estás buscando? una búsqueda que envió Mantis: "Cierta curiosidad por las tetas".
De modo instantáneo y llamativamente fresco me vinieron a la mente recuerdos personales que pude asociar con un hecho vivido en mi casi lejana juventud.
Resulta que un amigo, allá por finales de los 80, en tren de juntar algunos mangos para irse de vacaciones, aceptó un modesto trabajo para un conocido de sus padres: tenía que cuidar la casa de esta persona mientras la misma se iba a sus propias vacaciones.
El trabajo consistía en hacer noche en la casa para que no se notara que no había nadie y de esta manera no tentar a los amigos de lo ajeno.
Una de esas noches, como mi amigo no podía salir a callejear por su flamante y temporal empleo, decidimos ir con el grupete a hacerle compañía un rato.
Incluso en aquella época de juventud plagada de explosiones hormonales, siempre fuimos más buenos que la barra del pibe Bazooka y más inocentes que Heidi tomando Cindor.
La cuestión es que nos quedamos a jugar al truco, escuchar música, tomar algo y hacer tiempo antes de irnos de joda, porque tampoco nos íbamos a clavar toda la noche con el boludo de mi amigo cuidando esa casa de mierda.
En un momento indeterminado de la noche -no les dije que era verano, aunque podrían haberlo supuesto- tenía tanto calor por el clima y las bebidas ingeridas que decidí darme una buena ducha de agua fría y ya que estábamos también un pequeño bañito de inmersión (en esa época no tenía bañera en casa y no era cuestión de desaprovechar una oportunidad así).
Cuando salí del baño, me fui a curiosear los libros de la biblioteca del dueño de la casa.
Recuerdo con claridad que había en varios estantes, 30, 40, 50, 100 qué se yo cuantos libros igualitos igualitos.
En el lomo se leía: "Cierta curiosidad por las tetas".
Le pregunté a mi amigo con mayor curiosidad por la cantidad de libros que por las tetas y me contestó: "Este libro lo escribió el dueño. Es escritor o algo así."
Ahí quedó el asunto esa noche y olvidé todo esto por casi dos décadas, hasta hoy.
Cuando me llegó la búsqueda de Mantis, me dije "yo estuve en la casa del tipo que escribió el libro que alguien está buscando en Google y fue a parar al blog de Mantis, que a su vez viene a uno de los míos y me lo cuenta como si fuera lo más gracioso del mundo".
Yo también googleé el título del libro y me encuentro con que el autor es Reynaldo Sietecase, que por la época en que se publicó el libro todavía vivía en Rosario.
Parece que sí: yo me duché en la ducha de Reynaldo Sietecase.

martes, 18 de septiembre de 2007

Honestidad brutal

Si tuviera que serles sincero, les confesaría que hace más de diez minutos que estoy frente a la pantalla en blanco y no tengo ni medio gramo de ganas de escribir.
Pero como ni siquiera tengo ganas de ser sincero, me conformo con que se enteren por este medio que acabo de ganar un millón de euros en una promoción telefónica y estoy simplemente pensando que hacer con ellos.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

Estábamos hace unos años compartiendo con un grupo de amigos nuestras impresiones sobre el ingrato trabajo de matarife -en el contexto de haber visto para fin de año en una carnicería una exhibición de cadáveres comestibles- cuando uno de ellos disparó la siguiente afirmación, gracias a la cual luego de cagarnos de risa -de la frase y de él- durante dos horas nos sirvió para cambiar de tema de conversación:
-"El más impresionante es el faenamiento del cerdo. Es que a los lechones los matan cuando están casi vivos"
¡Plop!

domingo, 26 de agosto de 2007

Más rápido que una tortuga

Hay días en los que andás con la chispa encendida.
Días en los que tenés las respuestas a flor de piel.
El otro día, en el trabajo, me dieron ganas de tomar un mate cocido.
Cuando fui a ponerle azúcar, vi que estaba la azucarera vacía.
Agarré una bolsita cerrada de azúcar, la abrí por una punta y llené la azucarera.
En eso llega uno de mis compañeros y me distraje conversando.
Cuando le estaba agregando azúcar a la taza directamente desde la bolsa, noté no salía nada y mi compañero me dice:
-Che, boludo, no sale porque el agujero está del otro lado.
Seriamente, sin dudarlo, repliqué sin demoras:
-Si, ya sé. Lo que pasa es que a mi me gusta amargo.

domingo, 19 de agosto de 2007

¡Ayer debuté!

Esta vez desaparecí del restaurante sin avisar porque tuve mis razones.
¡Es que ayer por la noche tuve mi debut teatral!
No es la obra de la que ya les he hablado sino de un trabajo más pequeñito, en el marco del taller al que asisto.
Bueno, tal vez sea pequeñito para un actor de verdad, pero para mí fue enorme.
¡Y no me tocó hacer de árbol! No señor. Hice un monólogo de comedia de unos 15 a 20 minutos, solita mi alma frente al público.
La cuestión es que los días previos anduve de corrida de casa al trabajo, al ensayo, al baño (este último punto del recorrido lo fui visitando cada vez con mayor frecuencia) y de ahí un breve paso por la cama y nuevamente al trabajo.
Espero que comprendan las razones de mi ausencia, y si no, bueno, yo tampoco les ando preguntando por qué a veces transcurren varios días que no pasan por acá a leer, ¡caramba!
La cuestión es que estuvo todo muy lindo, la gente se rió mucho y creo que dejé una buena impresión.
La verdad es que quedé muy conforme y hambriento de más.
Fue una sensación muy extraña, pasar del cagazo a olvidarte la letra al cagazo absoluto, de la ansiedad a la tranquilidad, del silencio expectante del público a la risa cómplice, de estar solo cara a cara frente a gente desconocida y que luego esos mismos desconocidos vengan a saludarte y felicitarte (sea un saludo sincero o por compromiso créanme que luego de tanta tensión reconforta lo mismo). ¡Guau!
El monólogo fue escrito por mí -esa era la premisa del trabajo práctico- y habla sobre una de mis abuelas.
Consta de dos partes: en la primera, -yo, como Fernando- cuento quién y cómo es mi abuela mientras me voy cambiando en escena; en la segunda -ya caracterizado como ella- doy su propia visión de las cosas. Esta última parte me costó sudor y lágrimas representar.
Como no sabía que iba a pasar conmigo apenas se encendieran las luces y tuviera que empezar a actuar en esta primer incursión (en ningún momento descarté el enmudecimiento repentino), solamente invité a la función a las tres personas de las que estaba seguro que comprenderían si pasaba lo que no tenía que pasar: mi hija, mi esposa y mi vieja.
A todos los demás, les dejo debajo un ícono desde donde pueden acceder al texto del monólogo, por si les interesa leerlo.
La actuación pueden imaginarla como una mezcla de stand-up de Seinfeld y una personificación de abuela hecha por Dustin Hoffman, sólo que actuadas por Matias Ale y Caramelito.
Y bueno, ¡déjenme la ilusión de que puedo mejorar!
He aquí el monólogo (clic en las mascaritas y luego usen la opción "DownLoad File [74KB]" que aparece en el segundo renglón de la ventana; si tienen problemas me avisan):

miércoles, 1 de agosto de 2007

Oido al pasar...

-Che, ayer operaron a mi perra.
-¿Sí?, ¿qué era lo que tenía?
-Nada, la hice esterilizar.
-¡Ah! Te había entendido que tenía no se qué en el hocico.
-No, lo que te dije es que le iban a ligar las trompas.

sábado, 21 de julio de 2007

Ascensores eran los de antes

Hoy vi algo muy gracioso y extemporáneo al bajar de un ascensor.
Cuando la puerta se abrió, encontré a dos señoras esperando subir a la cabina. Dos señoras muy mayores, pintadas como un Quinquela, del estilo de esas que usan tinturas violáceas y usan tapados de piel.
Al cederles el paso, una de ellas amagó a entrar, se frenó, dio un paso atrás y entre asombrada y aterrada le dijo a su compañera:
-Pero, ¿cómo?, ¿ésto no lo maneja nadie?